La
batalla de las calculadoras (1977)
(La batalla de Chile- Pinochet)
Ing. Rainer J. Puvogel, Capitán de Corbeta (R)
En http://www.revistamarina.cl/revistas/1993/2/episodio.pdf
Corría
el año 1977 o 1978, no recuerdo bien, y me desempeñaba como profesor civil de
jornada completa en la Escuela Naval, donde además desempeñé las funciones de
Asesor de Estudios y Asesor de Instrucción. En el comercio local chileno
estaban ofreciendo en venta las primeras "calculadoras electrónicas de
bolsillo"; ese era su nombre, aunque en la práctica no cabían en un
bolsillo por sus grandes dimensiones y peso.
Naturalmente, los Cadetes rápidamente descubrieron que esas maravillosas
maquinitas les aliviaban enormemente la resolución de problemas trigonométricos
y logarítmicos, obviando la necesidad de usar esas incómodas y manoseadas
tablas, donde había que interpolar a cada rato, o de manejar esas misteriosas
reglas de cálculo que obligaban a poner mentalmente la coma decimal en el
resultado. En la Escuela Naval estaba prohibido el uso de calculadoras;
aparecieron entonces entre los Cadetes las primeras faltas graves por el uso de
calculadora para resolver problemas de certamen, y las primeras faltas muy
graves de -a pesar de la prohibición- intentar recogerse los domingos en la
noche con una calculadora escondida (si le se puede llamar así) bajo la caña
del calcetín.
El comercio continuaba ejerciendo una constante y creciente presión. La opinión
pública se refería en forma elogiosa a este nuevo invento. La prensa incluía
vistosos avisos comerciales. Y yo, un entusiasta defensor de la computación, y
por supuesto de las calculadoras, trataba de convencer al Departamento de
Instrucción de la Escuela que fuera levantada la prohibición de su uso, al
menos para los cursos de Brigadieres, los mismos a los cuales yo le estaba
dictando clases de computación.
Mi argumentación seguía la línea de que era inútil resistirse a la presión
comercial, que las calculadoras estaban bajando tanto de precio que terminarían
siendo un artículo de consumo de uso trivial. Y que ello provocaría a la
postre que la sociedad, incluyendo la Armada, necesariamente tendría que
ajustarse a esta nueva realidad, de la misma forma como se había ajustado
decenios antes a la aparición y uso masivo del reloj de pulsera. No olvidemos
que al menos hasta 1946 le estaba prohibido a los Cadetes usar reloj dentro de
la Escuela y constituía falta grave intentar internar un reloj
pulsera los domingos en la noche; quienes me acompañaban en esos años en la
Escuela Naval también recordarán el triste caso de un Cadete que, después de
una "revista general de cajas", fue expulsado en 1947 al encontrarse
en su caja un reloj ajeno, quien cuarenta años más tarde llegó a desempeñar
un importante cargo público en Santiago.
Mi opinión era que más convenía capacitar a los Brigadieres para que durante
una prueba escrita ellos pudieran plantear y resolver numerosos problemas,
en lugar de enseñarles en ese mismo plazo a resolver un solo problema
con tabla de logaritmos o regla de cálculo. El ejemplo más obvio para mí era
el famoso ramo de mecánica, que siempre ha sido un escollo para los cursos de
Brigadieres de todas las épocas. Sin calculadora, el tiempo habitual de un
examen daba para resolver un problema y contestar algunas preguntas cortas,
quedando cuatro quintos de la materia sin examinar; con calculadora se podía
exigir plantear y resolver cinco problemas y cubrir así toda la materia del
semestre. Yo consideraba mucho más lógico permitir acelerar el trivial trabajo
de cálculos aritméticos, dando importancia a lo realmente medular; que los
Brigadieres supieran plantear una solución y llegar rápidamente a un
resultado.
Majadero como siempre he sido, la discusión interna tomó tanto cuerpo que el
Departamento de Instrucción decidió tratar el tema en un Consejo de Estudios, donde
el profesor jefe del Area de Matemáticas hizo una encendida defensa de la idea
de proscribir el uso de la calculadora, porque "su uso embotaría la mente
de los Cadetes". Este era un prestigiado profesor que por indudables méritos
había llegado a ocupar tal cargo, autor de conocidos textos de estudio y se
desempeñaba además como docente directivo en la Universidad Católica de
Valparaíso; en otras palabras, un "peso pesado" en el ámbito de la
docencia matemática. Sin embargo, estaba profunda y realmente convencido de
que el uso de la calculadora significaría un descalabro en la enseñanza de las
matemáticas.
El desenlace de este cuento es conocido. La Dirección de la Escuela autorizó,
renuentemente al comienzo, el uso de la calculadora,
inicialmente sólo para los Brigadieres y gradualmente en años siguientes para
otros cursos hasta que se llegó en poco tiempo a venderla "por pañol"
dentro de la misma Escuela, para uniformar la marca y modelo.
Este
recuerdo reafirma mi convicción que los problemas suscitados ante la aparición
de nuevas tecnologías siempre están en la mente de los seres humanos que se
deben enfrentar a ellas, y no en las máquinas mismas. A pesar de mi triunfo en
este caso, yo no sospechaba que esta "batalla de las calculadoras"
era sólo un preludio de la siguiente "batalla de los computadores"
que sería dada más adelante en el ámbito de la Armada, para permitir e
introducir su uso a bordo.